Estados Unidos llega al Mundial 2026 con estadios, patrocinadores y despliegue de seguridad, pero también con una cadena de episodios que cuestionan su papel como anfitrión del mayor evento futbolístico del planeta. En pocos días, el delantero iraquí Aymen Hussein fue interrogado durante casi siete horas en el aeropuerto de Chicago; integrantes de la delegación iraní enfrentaron restricciones de visado; y el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan fue rechazado en Miami pese a haber sido seleccionado para participar en el torneo. Reuters informó que Hussein fue interrogado durante horas en O’Hare, mientras que FIFA confirmó que Artan no podrá participar tras ser considerado inadmisible por las autoridades estadounidenses.
El caso de Omar Artan resulta especialmente grave. No se trata de un viajero cualquiera, sino de un árbitro internacional reconocido por la Confederación Africana de Fútbol como el mejor árbitro africano de 2025 y seleccionado para hacer historia como el primer somalí en participar en una Copa del Mundo. Según AP, Artan llegó a Miami desde Estambul, fue sometido a revisión migratoria y quedó fuera del Mundial por decisión de las autoridades de entrada de Estados Unidos. FIFA, por su parte, se desligó de la decisión y recordó que no controla los procedimientos migratorios del país anfitrión.
La contradicción política es evidente. Un Mundial exige garantías de movilidad, trato igualitario y respeto institucional para deportistas, árbitros, técnicos, delegaciones y aficionados. Sin embargo, la experiencia de Irak, Irán y Somalia muestra que la frontera estadounidense puede convertir el ingreso al país en un filtro de sospecha, interrogatorio y exclusión. Al Jazeera también reportó tensiones con la delegación iraní, después de que varios miembros enfrentaran problemas de visado antes de la llegada del equipo a México.
La pregunta de fondo no es si Estados Unidos puede organizar estadios, vender entradas o desplegar seguridad. La pregunta es qué tipo de anfitrión será para países sometidos a filtros políticos, migratorios y raciales. En un torneo que debería celebrar convivencia, diversidad y deporte, Washington llega con señales de desconfianza, control y trato selectivo. Antes de que ruede el balón, el Mundial 2026 ya exhibe una de sus mayores contradicciones: el país que se presenta como vitrina global actúa como frontera blindada.
Fuente principal: Reuters / AP / CubaCiber.
































